domingo, 28 de julio de 2013

“CONSUELO DE UNA MADRE, CONSOLACIÓN DE NERVIÓN”

Virgen de Consolación de la Hermandad de la Sed de Sevilla (Foto: Manuel García)


      Nadie dijo que vivir fuera fácil. Cada cual carga con la cruz que le toca. La vida es una carrera de obstáculos que hemos de superar para poder alcanzar la gloria eterna, para poder encontrarnos algún día con la eterna felicidad.

       Bien sabemos los que seguimos a Jesús y a su bendita Madre, que el ser creyentes es un aliciente más para superar esos obstáculos que la vida se empeña en que superemos, en ocasiones en los momentos menos oportunos. Los católicos, los que creemos que existe algo más allá de la muerte, los que creemos en la resurrección, lo tenemos mucho más fácil. No solo porque sabemos que luchamos por ganar la gloria, sino porque mientras pasamos por esta vida, tenemos algo en lo que creer y alguien a quien rezar.

    Si además tienes la suerte de haber nacido en Sevilla, todo transcurrirá de una forma mucho más amena. Y es que, vivir en la ciudad mariana por excelencia, te hace tener recursos a cada una de las dificultades que encontrarás en este angosto camino. Puedes buscar Esperanza en Triana, junto a un colegio salesiano, o tras un arco de los que en tiempos no tan remotos daban acceso a esta ciudad donde la esperanza nunca se pierde. Puedes buscar Salud en un barrio hecho soberano o incluso en la Costanilla, puedes buscar Amparo allí donde la ciudad se hace Calvario, puedes compartir o sanar tu Amargura allí donde un San Juan consuela a una madre rota, puedes buscar una Estrella que guíe tu caminar allí donde la ciudad se hace cerámica, o puedes buscar Consolación en el joven barrio de Nervión.

        Y, ¡qué necesidad hay de Consolación! En unos momentos tan complicados, esta advocación se hace patente y necesaria tras la fuerza con la que se ha ido fraguando y asentando en un barrio donde la temprana edad no está reñido con la existencia de una gran devoción.

        A ella acuden cada día a consolarse decenas de personas que buscan en ella, lo que la vida se resiste a darle. Acude el padre a buscar esa oportunidad laboral que la vida no le permite y que le hace vivir en la impotencia de no poder disfrutar viendo a su pequeño beberse ese vaso de leche que para otros es tan fácil tomarse.

       Acude la madre, señora de barrio y cabello canoso que ha visto a la virgen llegar y a la que va a pedirle por ese hijo suyo que, guiado por las malas influencias, ha recaído en el despreciable mundo de las drogas. O esa madre cuyo hijo está enfermo en el hospital y por el que aún pende su hilo de esperanza para verlo crecer en la larga vida que aun le queda por recorrer, por verlo vestido de nazarenito del miércoles santo: “Madre, consuélame…” se escuchaba, mientras pasaba por su manto la foto que guarda con cariño en la cartera de cuando su hijo tomó por primera vez la comunión vestido de marinerito.

     Pero no sólo acuden madres y padres del barrio a buscar Consolación, también las abuelas que con dificultad para dar sus pequeños pasos, y apoyada en el bastón que le sirve de apoyo en su caminar, tras venir cada mañana de la compra se pasan por la parroquia a hablar con la Virgen y contarles los problemas que le preocupan de su familia.

         Y también acude el hijo. Ese hijo que, sin haberle dado tiempo a disfrutar de ella, perdió a su madre cuando contaba con tan poca edad que ni siquiera le hacía ser consciente de que no volvería jamás, o que, simplemente, no podría volver a decirle “te quiero mamá” y darle un beso antes de salir de casa. 
         El pequeño acababa de entrar en el “cole” cuando una terrible enfermedad le arrebató aquello a lo que más se quiere y que le había dado la vida. Fue entonces cuando recordó aquello de lo que su madre le habló algunas noches. Recordó como le contaba que él tenía dos madres, ella y otra que se llamaba Consolación. Hacía poco tiempo que había llegado al barrio esta querida dolorosa, lo cual, unido a su escasa edad, no le hacían comprender muy bien aquello que su madre le contaba aquellas frías noches en los que los dos se metían en la cama a hablar antes de que se quedase dormido en la eternidad de las caricias de su mamá.

        Un buen día, el pequeño acudió a descubrir aquello de lo que había escuchado hablar de labios de su madre pero que no llegó a conocer. Acudió a la Parroquia del barrio que lo vio nacer. Y allí se encontró con Ella. Dos lágrimas recorrían las mejillas del pequeño que descubría aquello de lo que tanto escuchó hablar. En ese mismo momento, y clavando su mirada en aquellos ojos claros, comenzó a hablar con ella. El pequeño sentía como le respondía, como se sentía consolado por aquella segunda madre llamada Consolación y que tanto le recordaba a la que hasta hace poco tiempo le despertaba cada mañana.

        Pasó un día, pasó otro, y el pequeño, que ya se hacía mayor, no fallaba en su visita diaria a su madre de Consolación, y acabó comprendiendo y consolándose en la verdad infinita de que siempre que la necesitase tendría una madre con la que hablar y que lo escuchase, una madre a la que rezar y ante la que postrarse. Junto a Consolación contrajo matrimonio con otra chica del barrio con la que formó una familia y junto a ella también recibió el bautismo su primer hijo. Desde aquel momento, supo que era un chico con suerte, y que por falta de una madre, el podía tener dos: una con la que hablar en la Parroquia de la Concepción y otra que le cuidaba desde el cielo de Nervión.

          Mil y una historias, de cada uno de los vecinos de la Virgen de Consolación, cada una diferente, cada problema un mundo, pero todos con una común solución: tener a una madre. Es por ello por lo que en estas semanas en las que la Virgen de Consolación ha permanecido en casa del hombre que la esculpió, para someterse a labores de conservación, sus vecinos se han sentido como el hijo cuya madre se encuentra en el hospital, y que saben que volverá más fuerte que nunca, y por eso le han llevado flores, la han visitado y la han echado de menos, hasta que de nuevo han podido disfrutar de la mirada que tanto corazones consuela.

          Eternas son las historias, eternos los problemas, y eterna es la oración, de los que te vieron llegar, y de los que por los siglos de los siglos lo harán, eterna será tu mirada, y eterna la devoción, eterna es la vida y eterna Consolación, eterno el océano del azul de tus ojos en los que se consuela Nervión…
       

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