martes, 14 de agosto de 2012

Personajes Cofrades IV: "EL DE LAS DOS HORAS" y "EL DEL CARRITO"


          Seguimos con los personajes que podemos encontrar en el mundo de las cofradías, aunque no tengan por qué ser necesariamente "cofrades". Muy relacionado con el personaje de la entrada anterior, es aquel otro que calificamos como “el de las dos horas”. El perfil es muy similar al anterior, por lo que no redundaremos en lo mismo, para que no se haga esto más extenso que la entrada de Los Panaderos (cuyo palio, a fecha de hoy, no sabemos si llegaría a efectuar su entrada). Pues bien, con ese mismo perfil, este otro personaje también va a Sevilla a “echar el día”. Es de los que califica su jornada cofrade como “yo veo poco, pero lo que veo, lo veo bien”. Y no es porque sea selectivo en cuanto a qué ver, sino es porque no tiene más remedio, en tanto que se va dos horas y media antes al lugar donde vaya a pasar el cortejo, que por lo general, suelen ser cortejos extensos los que elige, por lo que con dos Hermandades, el muchacho “tiene echada la tarde”. Eso sí, ve poco y mal, pero después no hables con él de Semana Santa, porque más que él no entiende nadie. Pero su momento de gloria, y el que lo caracteriza, es el que tiene lugar cuando, a falta de poco tiempo para que llegue el primero de los pasos de la Hermandad a la que lleva esperando media tarde, por delante de él pasan algunos cofrades de estos que suelen ver la Semana Santa de una forma más acorde: buscando los pasos y admirando solo los cortejos que son dignos para ello por su idiosincrasia. Pues bien, está esperando que llegue ese momento, y cuando el cofrade de a pie y verdadero capillita se cruza por delante, sin momento a respirar “suelta” la frase que se lleva toda la tarde preparando “niño, ¿ahí no te irás a quedar, no? Que yo llevo aquí tres horas esperando”. Y es que, quién no ha escuchado esta expresión, es porque no ha visto Semana Santa.
            Bien es sabido que las calles por las que discurren las cofradías en algunas ocasiones parece una calle de Ikea, centro comercial al que acude todo aquél que tiene un prioste en su interior, pues ha de poseer dicha habilidad para montar lo que antes ha comprado, y por qué no decirlo, para encontrar el coche en el parking. Y es que en las mencionadas calles de Sevilla te encuentras sillas playeras, sillas de los chinos, algún velador, pero ¡ojo!, que no se olvide otro instrumento muy particular en las bullas y que es, cuanto menos, molesto: se trata del carrito del niño chico. Un artilugio que no negamos que en la mayoría de los casos sea necesario, la “pega” viene cuando resulta que la señora se aventura a cruzar una bulla sevillana con el carrito vacío (sin niño) y abierto de par en par para transportar las sillitas en las que más tarde se sentaran, en la mayoría de las ocasiones juventud sentada desde el primer minuto del Domingo de Ramos.

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