domingo, 12 de febrero de 2012

“DIÁLOGOS CON LA ESPERANZA”

          

             Cuentan los ancianos del lugar la leyenda de aquel joven que en una ocasión habló con la Esperanza.
           El pequeño contaba con pocas primaveras en su vida, cuando agarrado de la mano de su padre, como guía de su vida, salía un Viernes Santo por la mañana. Era su primera vez. Su primer contacto con aquello que dicen que nunca se pierde. Tocaba esperar, esa espera, que siempre nos resulta tan dulce. Fueron muchas las ocasiones en las que el pequeño hacía muestras de cansancio mientras esperaba la llegada de ese palio del que su padre tanto le había hablado días atrás.
            Entre una nube de incienso y revirando una de esas esquinas que tiene la vida, y la ciudad, el palio parecía vislumbrarse. En pocos minutos, en la lejanía, ese niño entrevió la silueta de una dolorosa que era diferente a las que años atrás había visto el resto de la Semana Santa. Fue su primera visión de la Esperanza. La primera vez de esas lágrimas. De ese ceño fruncido. De esa tez morena. De esas mariquillas que parecen moverse por el respirar de la Esperanza, ese respirar que muchas veces nos falta en la vida. Fue la primera toma de contacto con una virgen marinera.
            Cuentan los ancianos que el pequeño quedó ensimismado. Apretó la mano de su padre más fuerte que nunca. No pestañeaba para no perder de vista a esa mujer que tanta sensación le había causado. El padre, emocionado, se sentía orgulloso de su hijo. El pequeño no hablaba. Todo era algo nuevo, diferente, inexplicable.
            Al llegar a pocos metros del pequeño, el paso se arrió. Fue entonces cuando, en esos breves minutos, ese niño y la Esperanza hablaron. Muchas cuestiones incontestables se le agolpaban al joven:

-¿Cómo te llamas? ¿Quién eres?
- Hijo, soy la Madre de Dios, y en Sevilla, La Esperanza. Soy tu madre y la de todos los sevillanos.
- Pero, ¡si yo ya tengo mi mami! –pareció susurrar el pequeño extrañado-
- Ellos son tus padres aquí. Pero en el cielo tienes también unos padres que siempre están cuidándote.
            En ese instante una mano privilegiada tocó el martillo para seguir el itinerario de la cofradía.
- Por favor, mami no te vayas… ¿cuándo puedo ver a mis papis del cielo?
- Hijo, me voy pero siempre estaré contigo. En San Gil o en Pureza. Y recuerda que a tu Padre siempre podrás darle un beso en San Lorenzo.

            Aquel pequeño quedó atónito. No consiguió articular palabra alguna el resto de aquel maravilloso día que nunca olvidó. ¡Esperanza! Ésta era la única palabra que su padre consiguió que expresara, pero… ¡qué bonita palabra! Con esa expresión, quizás sobre las demás.
            El pequeño se fue haciendo más mayor. Las primaveras recorrían su vida. Él seguía enamorado de esa Esperanza que un día habló con él y que le dio esa alegría de tener cuatro padres y no solo dos como él pensaba. Desde entonces, no faltaba a su cita periódica a ver a sus otros padres, esos que eran padres de todos los sevillanos y que incluso una vez al año bajaban de su magno altar para ver a sus hijos y que besaran su mano.
            El joven vivió unas veinte primaveras ajeno a lo que inexplicablemente un día iría a sucederle. El día menos esperado, pero seguramente uno de los más recordados desgraciadamente para él, su padre, aquél que lo había llevado cuando pequeño al encuentro de la Esperanza, provocó un giro en la vida del joven cofrade.
            El padre, quizás llamado por la tentación; por el fruto prohibido que ha causado tanto mal al hombre; por el desconocimiento de que el amor es algo más; ignorando quizás que la familia es la base de la vida y de la felicidad, decidió emprender otra vida alejado de su familia.
            El joven no encontraba explicación. No era una pesadilla, era realidad. Una realidad inexplicable, incontestable. Una realidad que nadie hubiera predicho cuando unos años atrás iba de la mano de su padre al encuentro de la Esperanza.
            Ante la falta de su padre, recordó aquellas palabras que una fría pero brillante mañana de Viernes Santo le dijo esa hermosa mujer, que decía ser la madre de todos los sevillanos. Acudió a ella, y después de tantos años, fue el joven el que se dirigió a la Esperanza, esa madre que conservaba la misma hermosura que años atrás:

- Esperanza, ¿por qué? ¿Por qué has permitido esto? Me he quedado sin mi padre.
            La Esperanza parecía derramar una lágrima más, sumada a las que los años habían depositado en sus mejillas.
- Pequeño, no te desanimes, no te deprimas. Recuerda las palabras que te dije hace unos años. Jamás te sentirás solo. Hay mucha gente que nunca te abandonará. Y si hechas de menos a un padre, acude a San Lorenzo, él te ayudará.

            Fue desde entonces cuando el joven acudía a su cita insustituible con aquél Padre, el de San Lorenzo, ese que por las noches deja la cruz para abrazar a sus hijos, y especialmente a los que lo pasan mal. Ese padre que jamás te abandona. Ese Padre de tez oscura que abraza a su joven hijo desconsolado cada vez que éste sentía el frió en esa mano que, en una ocasión, unió a la de su padre para encontrarse con la Esperanza.
            ¿Fue en Triana o en La Macarena? Nadie lo sabe…!qué mas da! Cuentan los ancianos que fue la Esperanza, la misma Madre de Dios en un barrio o en otro. Fue esa que tiene enamorada a un barrio de pureza levantado junto al Guadalquivir. Fue aquella a la que tantos pregoneros han descrito, pero a la que nadie jamás, ha logrado ni logrará encontrarle explicación. Fue la Esperanza, esa a la que tenemos que recurrir en muchos momentos en los que una “revirá” en la vida cambia nuestro pasado y marca el futuro.

1 comentario:

  1. Buenas, soy nuevo por la página, la cual no conocía pero, con la venia, creo me sentiré como en casa. O, más que eso, creo que por fin he encontrado lo que andaba buscando.

    Saludos y con permiso.

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