lunes, 21 de noviembre de 2011

"AMARGURA...CUENTA ATRÁS DEL RANCIO"


          Cuando “las calores” parecen que se esfuman, al igual que se aleja un paso de palio al compás melancólico de Virgen del Valle. Cuando ha pasado ese período en que no es necesario el fuego para derretir la cera de un nazareno en Sevilla. Cuando la sombra de la Giralda ya no se alía con los naranjos de Santa Cruz para hacer frente al incesante calor hispalense. Cuando las altas temperaturas ya dejan respirar el aroma del puesto de inciensos que nos encontramos cada tarde en la esquina del muy rancio Horno de San Buenaventura. Es entonces cuando el sevillano rancio vuelve a resurgir. Han sido meses sin poder abrazar las calles de la ciudad antes de que cayera el sol. Días de melancolía al ver dinteles de Iglesias que no se podían cruzar al estar sus puertas cerradas a cal y canto.
            En estos días en los que “refresca”, vuelve el rancio en todo su esplendor. Éste se alegra de sacar la ropa de invierno. De poder volver a calzar sus castellanos y entallar la chaqueta que le acompaña en cada domingo de besamanos, para guardar esa estampa de recuerdo que dentro de algunos años le recordarán melancólicamente la magia de esta ciudad. Vuelve a disfrutar con el olor a castañas del ensanche de Tetuán; unas castañas que por cierto llevan ya algún mes perfumando las abrasadas calles de Híspalis, no siendo de extrañar que algún año nos situemos comiendo castañas en pleno mes de agosto, mientras escuchamos a unos cuantos costaleros hablando de su paso como si fuera una carga de cemento y ofreciéndose voluntarios para sacar cualquier paso de peatones que se digne a procesionar extraordinariamente.
            El rancio sabe que algo se mueve, que algo ha cambiado. En la Plaza de San Francisco unos puestos se dan ya cita en torno a la tradición de los belenes. Tontos no somos. Sabemos perfectamente que después de los puestos de belenes vienen los palcos de la Semana Mayor. El rancio acude in situ, incluso en más de una ocasión, a presenciar esas figuritas que en verdad tampoco son muy de su devoción, pero siempre mantiene la esperanza de encontrar un Pilatos de San Benito o un romano de La Macarena…ya un caballo, ni te digo.
            No ha llegado la Navidad, pero el rancio ya huele a Semana Santa. Mira el turrón, más que con el deseo de comérselo, con el de saber que después del turrón viene la torrija y el pestiño.
            En la tercera semana del mes de noviembre, algo significante ocurre en la vida del capillita: besamanos de la Amargura. No es un besamanos cualquiera. Más rancio no lo hay, miarma…tan rancio que no varía ni una flor de un año para otro…pero por eso es perfecto. Y es que este día sin duda marca en muchos de nosotros un antes y un después. Ello es así en tanto que para muchos de nosotros, es el día preciso en que comienza la cuenta atrás para Semana Santa. A partir de esta jornada, todo se hace más corto.
            La Amargura baja del cielo y nos tiende su mano. En un símil del lema de las Hermandades de la Vera Cruz “Coge tu Cruz y Sígueme”, la Amargura podría ser algo tal como “Amargura, toma mi mano y guíame”. Ella nos señala el camino. Dos semanas después de que esta Madre nos de su mano para guiarnos a la cuaresma, llega el tan ansiado, hermoso y rancio día del 8 de diciembre. Jornada en que la Navidad parece hacerse cuaresma entre besamanos y belenes, día en que Sevilla se hace Inmaculada.         Será a partir de besar la mano a la Amargura cuando el “hartible” comience a tachar los números del almanaque, cuando la buena nueva del Vía Crucis y el pregón están anunciados…todo parece una espera. Sevilla se empieza a preparar para lo que cuando nos demos cuenta, habrá pasado.
            Sin duda, cuando nos postremos ante la Señora de San Juan de la Palma, rezaremos para que esa mano que nos guiará en la cuenta atrás solo se vea humedecida por el calor de los labios de los fieles. Y que así, la bendita Madre nos muestre el camino a ese sueño que el pasado Abril no pudimos ver cumplido. Una cuenta atrás que será más esperada que nunca. Casi dos años de espera, después de que el cielo de Sevilla llorara sin cesar por no ver a las Esperanzas bendecir las calles de la ciudad.
            Aguarda la espera, amigo rancio, que toda espera es dulce cuando desemboca en el sueño eterno. Después de besar su manos, veremos a Sevilla vestida de azul en el día más bonito de Diciembre; veremos al niño nacer quizás con unos deseos un poco “malignos” (en el mejor sentido de la expresión) de verlo crucificado en el Salvador; desearemos que se recoja Baltasar, porque tras su carroza veremos un crucificado avanzar y ya nos habrá dejado el típico DVD de Semana Santa que cada año se digna a regalarnos. Aguarda, rancio, aguarda,  que esto ya se está acabando…y no se lleven las manos a la cabeza, pues la última vez que dije tal afirmación fue el Martes Santo y no me faltaba razón. Baja la Amargura del cielo cuando solo faltan 133 días para el Domingo de Ramos.
A la paz de Dios, hermanos.

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